La Cuba de Fidel que yo conocí


Hoy es un buen día para recordar a Cuba, esa Cuba que hace ya 12 años, en el 2004, tuve la oportunidad de visitar en un viaje muy especial. Tenía unos días libres y una amiga que me acompañaba, y decidí hacer realidad eso de “yo quiero visitar Cuba antes de que Fidel muera”.

Mi primo Rafa Rubio era entonces el Presidente de una Asociación llamada “Asociación española Cuba en Transición“, cuyo objetivo no hace falta explicar. Ellos organizaban viajes todos los años con gente que pudiera hacerles allí una labor. Ese año me ofrecí yo, y pocas semanas después organizamos todo para hacer de “embajadoras” en una “misión especial”; llevarles libros para las bibliotecas, medicinas, contactos y sobre todo ánimo, mucho ánimo.

Volamos a Santiago de Cuba, al sur de la isla, la ciudad más grande de la zona más pobre. Nada más llegar el aeropuerto fuimos sometidas a un registro exhaustivo, nos abrieron las maletas y vieron la cantidad de libros y medicinas que llevábamos. Esto no concordaba del todo con “un par de amigas haciendo turismo”, y tuvimos que explicar que llevábamos ese material para unos amigos de unos amigos españoles. Era algo así como hacer de espías sin quererlo. Previamente, mi amiga y yo nos habíamos puesto de acuerdo en la versión que deberíamos explicar a la policía en caso de que nos preguntaran.

Cuando por fin conseguimos entrar en la isla, lo siguiente que me sorprendió fue la cantidad de cubanos que se acercaban a nosotras pidiéndonos limosna, pidiéndonos simplemente la bolsa de viaje, incluso jabón (yo al principio pensaba que pedían “jamón” y que estaban hambrientos) y champú. Más tarde me enteré que los productos de higiene simplemente se habían agotado en los supermercados. Los primeros síntomas era bastante alarmantes, gente muy pobre y muy desesperada. Dónde nos estábamos metiendo!!! 

Una vez en Santiago, fuimos a visitar al obispo. La Iglesia Católica es un lugar de resistencia al sistema, un lugar donde poder conversar, donde se reúnen los vecinos, donde se hace o se intenta hacer comunidad, donde se atienden las necesidades materiales y espirituales de todos los cubanos que quieren asistir. Eso sí, en todas las misas acude algún espía, un hombre de confianza del sistema, para asegurarse de que no se lanza ningún mensaje contra el comunismo. Viven en un estado claramente policial, es un pueblo secuestrado.

Nuestra misión era llevarles un mensaje de ánimo y a llevarles libros para las bibliotecas que organizan en los salones de las mismas parroquias, que suelen ser chamizos, incluso iglesias de madera y pajas. Tuvimos ocasión de charlar con algunos misioneros, de Italia, de Portugal, ellos abiertamente denunciaban el estado de acoso al que son sometidos. Incluso en el salón parroquial les negaban la posibilidad de tener una silla, una mera silla. Ellos decían que era para evitar que se sentaran a gusto y pudieran charlar de la situación, a tal ha llegado el estado de alarma y neurosis colectiva. 

Visitamos la ciudad de Santiago, colonial venida a menos, muy pobre. Ahí alquilamos un coche y comenzamos el viaje por toda la isla. Empezamos la primera parada en Guantánamo que, salvo la zona americana que es completamente inaccesible, es el pueblo más pobre que he visto en mi vida. Las calles eran de barro, las casas cochambrosas y por las calles había decenas de niños semidesnudos y descalzos. 

De ahí subimos hacia el norte, pasando por Bayamo, un pueblo bastante más desarrollado, donde estuvimos también con el obispo. En esta ocasión vivía algo mejor, tenía incluso coche, aunque lo estaban arreglando y las piezas tardaban en llegar… Debían esperar sentados si tenían que importarlas de fuera de la isla. Pasamos también por un pueblo precioso llamado Camagüey, pobre también, pero colorido, colonial, donde compramos unos collares típicos y charlamos con unos estudiantes algo criticos con el sistema, que temían hablar con nosotras por miedo a represalias del profesor (no les está permitido hablar con extranjeros, ni por supuesto acceder a Internet ni a nada de fuera de la isla)

Antes de llegar a La Habana hicimos una parada en Varadero, simplemente para descansar y ver también la parte mas turística. El complejo hotelero era lo esperado, grande y lujoso. El desayuno buffet lo recuerdo como el más grande y variado que he probado en mi vida. Mesas y mesas llenas de comida, con zumos de frutas que yo ni sabía que existían; camareros, cocineros, preparaban al momento revueltos de lo que quisieras, todo al servicio del turista. 

Y por fin llegamos a La Habana. Antes de nada, quisimos visitar el Malecón,  la Plaza de la Revolución y la Plaza de la Catedral, enclaves fundamentales para hacerse a la idea de lo que es y significa esta ciudad. No faltó el mojito en “La bodeguita del Medio” y pusimos rumbo ya a nuestra misión. Queríamos saludar al preso político Raul Rivero, premio Sajarov, preso simplemente por disentir del sistema, por defender la libertad. Teníamos una dirección, un coche y buena orientación, pero nos costó casi dos horas encontrar la vivienda, a apenas 5 km. del centro. Las calles no tienen orden lógico, estan llenas de baches y charcos, y en casi ninguna está escrito el nombre de la calle. 

Cuando nos acercamos a la zona residencial, nos dimos cuenta de que nos seguía un coche, y no era la primera vez. Pudimos observar lo mismo en algunas ciudades y en las mismas carreteras nacionales, aquellas carreteras donde te puedes encontrar un auto americano largo y un carro de tres ruedas tirado por burros. Las carreteras estan llenas de carteles revolucionarios “hasta la victoria siempre”, “la patria ante todo” o Viva Cuba libre! Realmente en esos momentos te sientes un espía, sientes miedo; te sientes vigilado, sientes que estás haciendo algo fuera de la ley.

Por fin dimos con la casa de Raúl , que para mí era como visitar a un héroe prohibido, supongo que como hoy sería visitar a Leopoldo López en Venezuela. Nos respondió una niña, que debía ser su hija, y nos dijo que su padre no estaba en casa. Tan sólo pudimos dejarle el mensaje de nuestros mejores deseos desde España, y le di una tarjeta de mi primo Rafa Rubio para que supiera que veníamos de parte del Presidente de la asociación con la que él seguro colaboraba. 

A continuación contactamos también con las parroquias más grandes de la Habana, y les dimos todo lo que nos quedaba de amenities que habíamos cogido de las habitaciones de los hoteles donde nos hospedamos (jabones, peines, botes de champús…), y también les dimos casi la ropa que llevábamos, la nuestra, camisetas y pantalones cortos.

Fue una experiencia única. Un lugar mágico, pero pobre y secuestrado. A los jóvenes no les dejan soñar, simplemente les han cortado las alas. El sabor del viaje es agridulce, vuelves con alegría de haber ido, pero también con nostalgia, con mucha nostalgia y con cierta sensación de angustia, de ver cómo la gente tiene que acostumbrarse a vivir así de alienada. Y mucha miseria y pobreza, en contraste con el lujo que muestran al turista. Confío que ahora, con la muerte de Fidel Castro, se abra un espacio de libertad en la isla.

María Luengo 


ML
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