El valor de un café caliente


mujer-inmigranteEl otro día tuve el placer de participar en un “Desayuno Hospitalario”, organizado por la Orden de Malta, en la parroquia de Santa Teresa y San José, en la madrileña plaza de España, un domingo de 8  12 de la mañana, junto con un grupo de voluntarios. La experiencia puede resultar una bofetada con la realidad, de las que ayuda a relativizar mucho nuestros problemas y nos hace sentirnos realmente agradecidos, pero merece la pena el madrugón dominical.

Repartimos más de 60 desayunos a personas casi todas indigentes. Muchos hombres, alguna mujer, y muchos extranjeros (marroquíes, africanos, rumanos), aunque también había españoles. El número de españoles con necesidades básicas se ha incrementado drásticamente en los últimos años, sobre todo debido al desempleo. Se acaban de hacer públicos los últimos datos del paro, donde casi 2 millones de hogares carecen de ingresos.

desayuno solidario. Café con galletas

El desayuno consiste en un yogur para cada uno, café con galletas y una porción de bizcocho. También preparamos unos sándwiches de paté y ensaladilla. Algunos se lo comen ahí mismo, y otros se llevan comida para sus familiares o incluso para la cena. Algunos lo piden, y otros simplemente se lo meten en su bolso o mochila a hurtadillas, y nosotros hacemos la vista gorda. Por un rato, se sienten los reyes, incluso se muestran exigentes: “Quiero otro café con mucha leche y mucho azúcar”. Esta vez es su turno. Ellos piden y nosotros servimos, lección de humildad. Al mismo tiempo, aprovechan para contarnos sus inquietudes, sus miedos, su agradecimiento, y parece que sólo con escucharles se sienten aliviados.

También se les ofrece algo de ropa. Ellos cogen muy gustosamente pantalones, camisas, jerséis, todo de segunda mano pero en buen estado, algunas cosas incluso de marca. No deja de tener su gracia ver a un indigente con una camisa de Carolina Herrera o de Ralph Lauren.

Además se les ofrece la posibilidad de darse una ducha, de lavarse y asearse, y se les regala a todos calcetines y ropa interior nueva. Es impresionante ver lo mucho que lo agradecen, salen como nuevos. Para ellos poder refrescarse con agua y jabón es algo extraordinario.

Por unas horas, el salón parroquial lleno de “extraños” se convierte en un lugar donde se respira amabilidad. Todos ellos tienen una vida dura, la mayoría viven en la calle, y para ellos es un espacio de tranquilidad y de paz, de los pocos que tienen. Saben que ahí no les va a pasar nada. Si hablas con ellos, agradecen mucho el café, la ducha y la ropa, pero lo que más valoran es que se sienten acogidos. En este entorno pueden bajar la guardia y relajarse, no están a la defensiva como suelen estar en su día a día, y se muestran amables, agradecidos y cordiales.

Multiracial Hands Making a Circle

Por supuesto se admite a todo el que venga, no se rechaza a nadie: vienen enfermos, delincuentes, drogadictos, alcohólicos, otros simplemente sin trabajo y sin lo necesario para vivir. No se les pregunta qué han hecho ni de dónde vienen (algunos acaban de salir de la cárcel o del hospital), no se les juzga por nada, y ellos lo saben. 

Todo el mundo debería vivir este tipo de experiencias, al menos una vez en la vida. Es una ocasión inmejorable para acercarnos a la gente, escucharles, darles cariño. Sales con la sensación de haber hecho algo bueno por los demás, algo que enriquece y hace crecer por dentro. Estas experiencias amplían la mente y ensanchan el corazón. Totalmente recomendable. 

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